La llegada de los musulmanes a la península Ibérica en el 711, significaría el inicio de una historia marcada por el esplendor, la belleza, la cultura, pero también, y en gran medida, marcada por el dolor, el conflicto y los “malos entendidos”. Malos entendidos en tanto ambos bandos fueron incapaces de sobreponerse a la presencia del Otro, a lo diferente de ése Otro. Y por miedo, por ignorancia tal vez, dos mundos se vieron enfrentados en un mismo escenario en el que aparentemente el espacio no era suficiente para todos.
Pero más allá de los hechos terribles que podamos enumerar, los actos de crueldad inimaginables que por los dos lados se ejecutaron y sufrieron, debemos reconocer que lo que contrajo como efecto palpable en el quehacer artístico fue una literatura tan vasta como compleja, tan integradora como disyuntiva, tan nuestra como de los otros. Por ello, en la actualidad, para adentrarse de forma correcta en uno de los temas centrales en la reflexión referida a la literatura española, se deben considerar prioritarios y fundamentales los problemas de identidad y de construcción de naciones, a partir de una historia marcada por la presencia del Otro, generalmente excluido en la construcción de un ideario colectivo y en las representación que los españoles hacían de ellos mismos, desde un prisma españolizante, cristiano, imperial y centralizador, que imponía una visión de mundo sobre los moros, y desde luego, sobre la población morisca.
Estas representaciones, marcadas principalmente por el desconocimiento y la intoleranccia, produjeron lo que Cardini llama la “historia de un mal entendido [1] en cuanto ambos bandos fueron incapaces de evitar un conflicto que se anticipaba, fundamentalmente, bajo la mirada oscura de una religiosidad mal entendida y peor practicada. El problema humano que esto conllevó, no pudieron imaginarlo sus protagonistas/antagonistas, y aún hoy, nosotros mismos, no podemos sacarlo del todo de sus históricas penumbras.
Vemos, sin embrago, cómo algunos individuos, agobiados tal vez por ese discurso hegemónico y centralizador, intentaron aproximarse de algún modo a un mundo otro, mediante el peregrino viaje hacia Medio Oriente. Estos sujetos superaron la barrera del Orientalismo, en los términos de Said, y pudieron, en alguna medida, llagar a ser un nos-otros integrado, no excluyente. Esta visión dual se construye, como sabemos, demasiado tarde (entrado ya el s. XIX), pues durante el medioevo, y en los primeros siglos de la Modernidad , el panorama para ése Otro fue penosamente distinto.
En el presente trabajo, revisaremos una obra en la que, según creo, se presentan las secuelas que este conflicto seguía dejando ver casi dos siglos más tarde: El Quijote; y lo que intentaremos será determinar si esta obra a la que aludimos responde, en alguna de sus muchas lecturas, a una reafirmación del principio nacionalista español o, más bien, a un texto intercultural, dispuesto a incluir en su tejido textual las diferencias que por ese entonces hacían enfrentarse a moros y cristianos.
Por lo tanto, mi trabajo, aunque cronológicamente alejado de este período de luces y catástrofes en el Al-Andaluz, se enmarca en un momento no menos importante, el s. XVII, en tanto da cuenta de una parte de la historia de España durante la cual se concretiza el ideal de la comunidad española y cristiana, como primer eslabón hacia la construcción de una Nación. Este proceso, complejo, en el que los pocos musulmanes que quedaban en la región debieron huir o emigrar, constituye un elemento esencial para entender la identidad española, que hasta hoy determina sus conductas, entre ellas, la forma de encarar su pasado y su literatura. Esta postura españolizante se ha mantenido encumbrada incluso hasta hoy, en los especialistas que han leído e interpretado la obra cervantina, impidiendo con ello sacar a la luz los elementos islámicos que Cervantes incluyó conscientemente, como veremos más adelante, en su obra. Por ello he querido realizar un primer acercamiento a este período por medio de la obra literaria que los españoles sienten más propia, y los lectores occidentales en general, más representativa: El Quijote.
Esta obra, que por largos cuatro siglos ha sido leída, si podemos usar esta expresión, a la luz de Occidente, nos puede entregar una visión valiosísima de la situación de España a comienzos del s. XVII, y esto se puede lograr más acabadamente si se limpian de sus páginas los prejuicios antiislámicos con que la crítica la ha cubierto, como cenizas de un patriotismo absurdo que ocultan, conciente o inconcientemente, su verdadera riqueza.
Uno de los personajes que vivió esta complejidad fue el mismo Cervantes. Sobre su vida existen tantas dudas como certezas, por lo que cualquier dictamen absoluto será superfluo: cristiano a ultranza y enemigo de los musulmanes, por un lado; por el otro, hijo de cordobeses conversos, tolerante e interesado por el Islam. Como se ve, variadas son las formas en que se puede entrar a la vida de Cervantes y a El Quijote, pero la gran mayoría de ellas dejaban de lado la influencia musulmana.
Acudiremos inicialmente, y como es de esperar, a Américo Castro, el primero en denunciar y admitir, con cierta culpa, este prejuicio antiislámico en su texto España en su historia (1948)[2]. Si bien en este texto la postura de Castro sobre la configuración de la identidad española toma en cuenta la convivencia con el Islam, y reconoce una mutua influencia entre culturas, sus acercamientos anteriores a Cervantes y a su obra fueron, sin embargo, más bien conservadores: niega de plano una posible maurofilia por parte del autor, y asegura que Cervantes, con sus lógicos matices, siempre fue partidario de la expulsión de los musulmanes de España, y que ello se vería reflejado claramente en sus obras. Lo que no pudo negar ni Castro ni ningún otro autor estudioso de esta obra, es que durante el tiempo de cautiverio en Argelia, Cervantes adquirió una opinión del Islam muy distinta respecto a la que manejaba antes de ése período sin libertad. Antonio Medina[3] dice al respecto que Cervantes, quien jamás fue maltratado o sometido a torturas durante su presidio, debió haber notado que la tolerancia de los musulmanes superaba con creses a la de los cristianos y a la del Santo Oficio. Con ello, dice Medina, Cervantes al menos debió haberse hecho bastante más condescendiente para con los moros, si es que en algún momento no lo fue, y que esta evolución se revela en gran medida en las páginas de El Quijote, aunque algunos críticos españoles más conservadores lo nieguen, como lo hace por ejemplo Martín de Riquer. Este autor, en su aproximación a El Quijote sólo alude a un trasfondo islámico en la obra cervantina como la rectificación del nacionalismo más radical, y ni si quiera da cabida a la posibilidad de relacionarlo más directamente con los musulmanes.
Al comenzar a buscar elementos y marcas textuales en El Quijote que nos guiaran hacia la idea que Cervantes manejaba de la situación que habían vivido y que vivían aún moros y cristianos, podremos caer en cuenta de que muchas opiniones estaban disfrazadas bajo el nacionalismo que se exigía para publicar en la España del s. XVII, y que en realidad lo que nos dará reales luces sobre lo que buscamos no está patente. Por el contrario, la ambigüedad, que tan bien explica el profesor Eduardo Godoy en su texto Tradición y modernidad en el Quijote[4], es uno de los instrumentos literarios que Cervantes más utiliza para decir lo que no se le permite. A lo largo del texto son numerosas, aunque no excesivas, las veces en que don Quijote o cualquier otro personaje -Sancho, Dorotea, el mismo Ricote- hace alguna referencia a los moros. Como es de esperar según esta estrategia de ocultamiento en la obra cervantina, a partir de esas referencias no es verdaderamente mucho lo que podemos asegurar o afirmar acerca de la idea de musulmán que manejó el autor a la hora de concebir su obra. Las alusiones explícitas al Islam parecen estar - por una razón que nos parecerá, según veremos, bastante obvia- encubiertas; no por ello debemos creer, como se ha preferido hacer hasta ahora, que no existiese una intención de hablar de ellos en el texto. Por lo mismo, parece necesario, a la hora de acercarse desde esta «otra» óptica a El Quijote, buscar más allá de lo claramente dicho o explicitado. Debemos internarnos en esa dimensión de pensamiento que Cervantes no pudo mostrar con libertad, interiorizándonos en un contexto ficcional que nos permita elucubrar (crear, jugar si se quiere, ¿por qué no?) con la obra acerca de los motivos árabes, sobre todo, y semíticos, que no se pudieron ‘mostrar’ libremente. La ironía del o los narradores de El Quijote juega un papel importante, pues permite encontrar en la obra constantes críticas hacia la Inquisición y hacia el nacionalismo español. Por cierto, es indispensable hacer notar que su postura frente a la expulsión definitiva de los moros de España jamás se clarifica, manteniéndose en una permanente “frontera cultural”, es decir, un espacio en el cual parecen estar fundidas, ya no en pugna, la cultura árabe y la española.
En mis últimas lecturas de El Quijote, preocupado ahora de su trasfondo islámico, pude notar que las alusiones a los moros y al Islam eran bastante menos segregacionistas o prejuiciosos de lo que creí haber notado antes. Desde allí, me propuse buscar en la obra referencias al Islam que me permitieran sostener la siguiente idea: Cervantes poseía un fuerte grado de cercanía hacia el Islam, y ello se ve reflejado en su personaje más famoso y en toda su obra. Uno de los textos que mayor utilidad me prestó en este sentido, fue el libro de Álvaro Galmés de Fuentes, Épica árabe y épica castellana[5], en donde se entrega un completo repaso por los tópicos literarios que influyeron o se releyeron en la literatura española del s. XVII en adelante. Desde ese punto de partida, pude entrar en cotejos más interesantes, de modo que la búsqueda de elementos islámico en la obra cervantina se tonó mucho más factible y adquirió, desde mi perspectiva, un enorme sentido.
Me llamaron profundamente la atención las semejanzas que existían entre las acciones de don Quijote y los temas elaborados en el libro, con los tópicos de la literatura árabe. Por ejemplo, el Capítulo del Caballo Clavileño[6], en la segunda parte, es un calco literario de la “Historia del Caballo de ébano” de Las mil y una noche. De este modo, notaremos que la relación que tenía Cervantes con el mundo de la narrativa árabe era mucho más estrecha de la que alguna vez se me había avisado. Por ello, me propuse algo aún más atrevido: buscar en la configuración de don Quijote mismo, elementos que abrieran la posibilidad de que este personaje fuese un musulmán converso, o al menos que la narración, en su devenir, permitiera tal hecho. Si bien esta es solo una especulación, y jamás podremos determinar si esto es efectivamente así, que por lo demás poco importa, este ejercicio es de gran utilidad para encontrar en la obra una potente carga intercultural, lo que sin duda sorprende y que sin duda alentó aún más mi indagación, como me dijo alguna vez el profesor Eduardo Godoy, “osada, más no descabellada”.
Bajo este alero, serán tres los puntos esenciales que nos permitirán seguir recorriendo este espinoso camino. Primero, esbozada ya antes, la relación de Cervantes con el Islam. Segundo, lo que denominaremos la “arabización de el texto”, relacionada con las veces en que el narrador de los capítulos 1 al 8 cede la voz a personajes árabes. Y tercero, la interpretación de don Quijote como personaje «manchado», es decir, converso.
El segundo punto, el más importante en esta nueva propuesta de lectura, se refiere a tres situaciones narrativas que determinan la evolución de la obra y de nuestras lecturas. Estas ideas, aunque muy poco trabajada por la crítica, fueron rescatadas de un breve artículo de Jesús Maestro, titulado Cide Hamete Benengeli y los narradores de El Quijote[7]. Importante es destacar que este autor es español, y el único que hasta ahora ha abordado el tema de las autorías intentando relacionarlas con las influencias que en España dejó la cultura árabe. La primera situación se refería a la actitud que toma el primer narrador de El Quijote, que se considera un padrastro del texto, un mero recopilador. Esto me parece interesante de mencionar, porque el narrador, junto con desligarse del texto, cede la voz autorial en el capítulo 9 a un historiador árabe. Este es el primer momento de lo que podemos llamar la «arabización» de la obra cervantina. Lo que sucede con Cide Hamete es sin duda interesante: de las 37 veces en las que se le hace alguna referencia (de las cuales solo siete se producen en la primera parte), las más se le llama “perro, mentiroso y falso historiador”, pero luego de la publicación de El Quijote Apócrifo de Avellaneda, el autor se refiere a él como al “verdadero, el legal y fiel”, “flor de los historiadores” que entregó las aventuras del único don Quijote. El mismo nombre podría traer implicancias: Cide: señor; Hamete: nombre muy reconocido en el Islam por poseer la misma raíz de Muhamad; y Ben-engeli: es decir, hijo del evangelio. Otro juego más que Cervantes incorpora a esta «arabización» de su obra.
El segundo momento de arabización, si es que el primero pareciera superfluo, corresponde al texto que escribe Cide Hamete, que es ahora el responsable de lo que diga y haga don Quijote. Lo que nos llega de la historia del caballero andante es, supuestamente, lo que escribió un árabe, por lo que no parece extraño suponer que lo que pretendía estética y formalmente el autor al integrar a este personaje narrador era precisamente alejar al manchego del nacionalismo que gobernaba a España y a su producción narrativa. Como el marco ficcional de la obra le pertenecía a un árabe, ningún lector podría haber creído (o al menos ningún avisado lector debía haber creído) que el personaje quijotesco poseía sólo ideales españoles, sino por el contrario, que la narración de sus aventura y su construcción interna estaba ‘teñida’ por la mentalidad de un autor árabe.
El tercer momento de arabización que podemos rastrear en el texto, se refiere a la traducción que, según nos dice el narrador en el capítulo 9 de la primera parte, realiza un moro aljamiado de los manuscritos encontrados en Alcaná de Tormes. El Cervantes personaje pide a este aljamiado que traduzca las páginas, y de ellas obtiene lo que leemos desde el capítulo 9 de la primera parte, hasta el final de la obra. Es decir, casi toda la obra se nos presenta como una traducción que realiza un moro - de lo que escribió un historiador arábigo-, y que además resulta ser aljamiado, es decir, que escribe en castellano con grafías árabes, como sabemos fue una práctica habitual de los moriscos españoles en un trágico intento de conservación de sus tradiciones y de su lengua.
Vemos así cómo lo que leemos en la obra de Cervantes está arabizado concientemente por el autor. Niega cualquier responsabilidad autorial y se las cede a los árabes, obviamente imposibles de rastrear, para que narren la obra, lo que sin duda debió ser un genial recurso cervantino para dejar en claro, según alcanzo a vislumbrar, que lo que pretendía con la obra no era, en ningún caso, reafirmar el nacionalismo español, sino muy por el contrario, mostrar la interculturalidad que existía en su entorno, y lo consciente que él estaba de ello.
Don Quijote no es un personaje del cual se pueda dilucidar con facilidad nada: ni su procedencia religiosa, ni su casta, ni su estado mental. Todo parece estar oculto tras una cortina de culturas y estructuras mezcladas, revueltas, viscosamente reunidas y confrontadas. Respecto a la religiosidad, las veces en que hace referencia a un ser superior son contadas con las manos, y en las que alude a Dios (al cristiano), qué decir: don Quijote casi no pronuncia la palabra Dios. Quien debe hacerlo, y lo hace, es Sancho. Don Quijote sobrepone siempre lo humano por sobre lo divino, y por ello su religiosidad queda solo esbozada en la caballería, que, por lo demás, es figurada. Las comidas de don Quijote abren dudas. ¿Por qué tanta carne durante la semana? ¿Por qué duelos y quebrantos? ¿Por qué lentejas los sábado? La purificación del alma del día sábado algo nos dice respecto a la fe que profesa nuestro manchego. Y así con todo. El Quijote es la cristalización de lo multicultural, de lo mixto, lo «manchado».
Para terminar, es necesario recordar lo que apunta Francisco Rico en una de sus notas a El Quijote: “La Mancha , luego de la rebelión morisca de las Alpujarras en 1568-1570, recibió a más de 3 mil musulmanes que se negaban a la conversión. Hasta su expulsión definitiva, en 1613, La Mancha era pues, una tierra manchada, llena de infieles”[8].
Como cronológicamente Cervantes sitúa a su personaje Don Quijote durante estos mismos años, no es totalmente imposible pensar que el personaje Alonso Quijano fuese un converso, de título «hidalgo», el mayor cargo nobiliario al que podían optar los conversos por muchas generaciones; e «ingenioso», porque se invistió (enmascaró) de caballero para ocultar su mancha de sangre ante el peligro inminente - y muy común en este contexto - del escrutinio público.
Todo esto no constituye, sin duda, el motivo central de la obra cervantina, pero a partir de esta propuesta de lectura podemos acercarnos más a ella, o al menos con otros ojos. La riqueza de esta obra no está solo en ser la ‘primera novela moderna’; tampoco lo es la genialidad narrativa de su autor. La riqueza de El Quijote, radica en el deseo humano de aceptar la diferencia, de acoger al Otro y mostrarlo, dentro de lo posible, en su riqueza de ser diferente.
NOTAS
[1] Cardini, Franco: Nosotros y el Islam: historia de un mal entendido. La construcción de Europa. Barcelona: Crítica, 2002.
[2] Castro, Américo: España en su historia: cristianos, moros y judíos. Buenos Aires: Losada, 1948.
[3] Medina Molera, Antonio: Cervantes y el Islam. El Quijote a cielo abierto. Barcelona: EdicionesCarena, 2005. págs. 87 y siguientes.
[4] Godoy Gallardo, Eduardo: ‘Tradición y modernidad en El Quijote (una aproximación)’ en Anales del Instituto de Chile, 2003.
[5] Galmés de Fuentes, Álvaro: Épica árabe y épica castellana. Barcelona: Ariel, Colección Letras e Ideas, 1978.
[6] Cervantes y Saavedra, Miguel de: Don Quijote de la Mancha. Brasil: Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española. Edición del Cuarto centenario. 2005 (1605-1615). II, 41.
[7] Maestro, Jesús G.: Cide Hamete Benengeli y los narradores del Quijote en Biblioteca virtual Miguel de Cervantes, http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12482283119020404198624/index.htm
[8] Cf. Cervantes, M. de: Op. Cit. II, 53, duodécima nota el pie, p. 961.