martes, 6 de marzo de 2012

UTOPÍA Y GOBIERNO EN EL TEATRO DE CERVANTES: DE LA RETÓRICA DEL CAUTIVO AL VALOR DEL CONSEJERO

Introducción


“Al no tener libertad,
 no hay mal que tenga igualdad”
 Los Baños de Argel


Para nadie es misterio que la producción narrativa de Miguel de Cervantes evidencia su preocupación por el contexto sociopolítico de su época, que lo llevó a incluir en sus obras conceptualizaciones sobre el buen gobierno y sobre las cualidades de los gobernantes a partir de una mirada profundamente crítica de la crisis que España debió enfrentar durante gran parte del s. XVI y XVII. Esto queda explicitado, y así lo ha demostrado la crítica, en El Quijote, especialmente en La historia del cautivo, el Discurso de las Armas y las Letras, y en los capítulos que dedica a la curiosa gobernación que Sancho ejerce sobre la ínsula Barataria, tantas veces prometida por su amo, Don Quijote, y entregada finalmente por el Duque, para su propio regocijo y entretención, en el capítulo XLII de la segunda parte del libro. Sin embargo, parece ser que el teatro de Cervantes no ha corrido la misma suerte. Por motivos de diferente índole, que van desde el menosprecio a su producción dramática, hasta críticas de su valía estética, la producción dramática de Cervantes no ha sido suficientemente revisada en cuanto al aporte que esta entrega a la definición y caracterización de ciertos principios teórico-políticos sobre el Buen Gobierno y del buen gobernante, obviando la relevancia de estas reflexiones en tanto actualizaciones de ideas que formaban parte de la tradición filosófica, antropológica y política de la Edad Media.

Algunas de sus piezas teatrales, tanto cómicas como trágicas, y algunos entremeses, parecen arrojar luces - tan claras como sus creaciones en prosa -  sobre lo que el autor estimaba era la mejor forma de gobierno, sobre la tarea y responsabilidad de los consejeros reales y los deberes de los gobernantes para con sus súbditos, muchas veces adoptando formas y voces, como la del cautivo o la del consejero, para poder referir estos temas desde una perspectiva más “personal” o menos ficcionalizada por los enrevesados niveles narrativos. Así lo vemos, por ejemplo, en “La Numancia”, en “Los Baños de Argel” y en “Los Tratos de Argel”, esta última, la pieza a la que abocaremos nuestro análisis en lo que sigue, y en la que podremos reconocer una mirada muy particular sobre el quehacer político de Felipe II, que surge de la intervención de Saavedra, un cristiano cautivo en Argel y una surte de alter ego literario del propio Cervantes.  Veremos que la voz de este cautivo se proyecta como la de un consejero del rey, entregando al lector una perspectiva íntima y pseudo-autobiográfica que no podremos encontrar en El Quijote con tanta claridad, pues su carácter paródico impide una aproximación más unívoca y menos despersonalizada.

En este mismo sentido, reconocemos que las influencias que Cervantes debió recibir, tanto de la tradición de los Regimine Principum y los Espejos de Príncipes medievales, elaborados por el humanismo cristiano erasmista, y muy especialmente por la obra de Fray Antonio de Guevara[1]Relox de Príncipes”, constituirían el entramado filosófico-político que permitirá al autor referirse a las formas de gobierno de la España del s. XVII. Sin embargo, la interpretación de las piezas teatrales cervantinas que se refieren a estos temas, se torna compleja al reconocer y enfrentar una de sus estrategias narrativas más desarrolladas: la ambigüedad. En este sentido, es imprescindible recordar que la aproximación que hoy se puede hacer a los principios de un Buen Gobierno que se evidencian en la producción cervantina, surgen de una complejidad estética inicial, referida al posible carácter paródico e irónico con que Cervantes, a través de los dilatados discursos de Don Quijote[2], pretende referirse a los gobernantes y a la crisis de la monarquía española.

Del mismo modo, como ha referido Chiong, “son incontables las instancias en que Cervantes, al igual que Guevara, noveliza la teoría política del buen gobierno por medio de una fina ironía y una liberadora y transgresora comicidad procedentes de la locura paradójica”[3]. Esta lectura paródica del Buen Gobierno no es posible de reconocer en las piezas dramáticas que aquí nos ocupan, por lo que permitirían acceder de una manera menos alterada al discurso retórico-político. La intencionalidad con que Don Quijote presenta a Sancho sus consejos sobre cómo gobernar la ínsula[4], ciertamente no puede ser leída como una simple secuencia de recomendaciones “estéticas” o una muestra de pragmatismo descontextualizado, sino que debe ser interpretada como una compleja  y reflexiva propuesta de principios articuladores del Buen Gobierno. Pero  tampoco es posible realizar dicha lectura si esta se halla desligada de la importancia de la representación alegórica y paródica de la problemática central sobre los vicios en que reyes y gobernantes habían incurrido progresivamente durante este período.
Así, en el presente ensayo pretendemos demostrar que las reflexiones sobre la labor de los gobernantes no solo se desprenden de la producción narrativa de Cervantes, sino que es posible reconocerla también en su producción dramática, a partir de la búsqueda de marcas retóricas deliberativas y jurídicas que responden a un ideal humanista del Buen Gobierno que, además, permitirían proponer una construcción social utópica dentro del universo creado por el autor. De este modo esperamos que se abra una perspectiva poco desarrollada respecto a la importancia que para Cervantes revestía la producción dramática como escenario de debate político y social.


Las Influencias Político-Filosóficas de Cervantes


No cabe duda que los tiempos que debió enfrentar Cervantes no fueron simples. Su actividad literaria estuvo fuertemente marcada por su actividad militar, lo que le permitió pasar de espectador a actor principal de los procesos de cambios políticos y sociológicos. Su participación en Lepanto, y su estadía en Argel, fundamentalmente, forjaron no solo su carácter, sino además su capacidad de llevar al plano de lo narrativo su compromiso con las propuestas reformistas de su época. Esto, sin embargo, no le impidió ser lo suficientemente crítico como para reconocer que muchos de sus principios debían ser revisados y replanteados a partir del rescate de esa Edad de Oro que Cervantes siempre trae a la memoria, como hace en “Los tratos de Argel”, cuando Saavedra dice a Felipe II:
“¡Oh sancta edad, por nuestro mal pasada,
a quien nuestros antiguos le pusieron
el dulce nombre de la Edad dorada!
¡Cuán seguros y libres discurrieron
la redondez del suelo los quen ella
la caduca mortal vida vivieron!
No sonaba en los aires la querella
del mísero cautivo, cuando alzaba
la voz a mal[decir su] dura estrella.
Entonces libert[ad d]ulce reinaba
y el nombre odioso de la servidumb[r]e
en ningunos oídos resonaba.”[5]


En este contexto, Cervantes recibió mucho de la tradición humanística erasmista, y de las preocupaciones y demandas que desde allí se le formularon a los gobernantes. El mismo espíritu se reconoce en los autores humanistas, como Antonio de Guevara, cuando afirma en su Relox que “Esta oy tan pervertido el mundo y tan trocado de lo que solía ser en otro tiempo, que todos tienen ya atrevimiento de dar consejo y ninguno tiene paciencia de recebirlo […]” (Relox, III. 54, 979). Obras como esta, así como la tradición de los Regimene principum vinieron a asistir a Cervantes en la composición de un planteamiento sobre la mejor forma de conducir un reino, considerando para ello, las vicisitudes por las que la monarquía española venía pasando. Así, cuando hablamos de los regimine de principum nos referimos a un tipo de literatura con antecedentes en el s. IV a.C, pero que toma su nombre de la obra de Santo Tomás, y que Born caracteriza de la siguiente forma: “(1) una actitud personal hacia el gobierno, que ve en la personalidad del príncipe la fuente del bien o del mal para la nación, (2) un énfasis marcado en la educación y conserjería real y (3) la proposición del príncipe como modelo de virtudes para sus súbditos”[6]. Para esta tradición, el consejo de príncipes se concibe como “una asamblea de personas sabias y discretas seleccionadas por el monarca para que lo aconsejen en todos sus asuntos, tanto en paz como en guerra, de manera que pueda gobernar a la nación con éxito”[7]
No es casual, por lo tanto, que Cervantes utilice al cautivo Saavedra como una voz de consejero autoproclamado, pues su estatus de alter ego indica que el autor tenía la intención de instalar al personaje como voz autorizada mediante la relación que el lector estableciera entre autor y personaje, validándolo como una autoritas revestida de las características basales del consejero: culto, valiente, justo, elocuente, benefactor, etc. Sin ir más lejos, recordemos que “son precisamente los topoi de vicios y virtudes […] los que determinan el lenguaje de la literatura de protesta social tanto del medioevo como de los siglos XVI y XVII. […] Los cuatro topoi de vicios y virtudes más frecuentados por la literatura de protesta social son los siguientes: (1) los vicios triunfan en un mundo al revés, (2) los vicios florecen cerca del fin del mundo, (3) los vicios se multiplican con la pérdida de la Edad de Oro, (4) los vicios triunfan con un mal gobernante, las virtudes con uno bueno”[8]. En síntesis, la idea a la que está acudiendo

La fórmula que utiliza Cervantes para proponer un buen gobierno es exactamente la misma que la profesada por los autores humanistas del s. XVI, para quienes “La justicia – el bien que persigue el buen gobierno – se define en términos de su instrumento: la misericordia”[9], lo cual observamos en la conversación ficticia que Saavedra mantiene con Felipe II en “Los tratos de Argel

“[…] Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cerrados de tormentos inhumanos,
poderoso señor, te'stán rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando[…]”[10]

            Junto a esta primera característica, es importante destacar que Cervantes hace eco de los fundamentos del buen gobierno esgrimidos por la tradición humanista, para quienes “la sabia elocuencia y el discreto entendimiento son cualidades inherentes al buen gobernador, sin que valga la ilustre ascendencia nobiliaria, lo cual es otra manera de ensalzar la locura paradójica de la Moria erasmiana al hacer de un supuestamente tonto campesino, y para colmo gordiflón y dormilón, mutatis mutandis, un sabio y discreto gobernante”[11], principios que verán reflejados en las cualidades que Sancho demuestra poseer durante su experiencia en Barataria, como detallaremos a continuación.


El Buen Gobierno en El Quijote


Algunos de los principios fundamentales de la idea de buen gobierno de Cervantes se desprenden, como hemos indicado, de los consejos que Don Quijote entrega a Sancho al enterarse de que su escudero recibirá la ínsula Barataria de manos del Duque, y también de la carta que envía posteriormente a novel gobernador[12]. En este caso, el hidalgo asume el rol de consejero, cuyo discurso permite identificar algunas de las cualidades que el gobernador debe exhibir durante su mandato. Vemos numerosas veces a Don Quijote exponiendo lo que para él debía ser un buen gobierno y cómo Sancho debía apropiarse de estas cualidades, pese a su “corto entendimiento”.

La primera muestra de una postura crítica de Cervantes frente a las formas de gobierno imperante en la España se ve reflejada en las palabras del propio Sancho, cuando afirma que “gobernador he visto por ahí […] que a mi parecer, no llegan a la suela de mi zapato, y  con todo eso los llaman «señoría» y se sirven con plata.”[13]. Del mismo modo, Don Quijote, entrega a Sancho las primeras luces sobre cuál deberá ser su comportamiento que, aunque pudieran entenderse como aspectos puramente estéticos, en realidad representan una de las estructuras antropológicas más destacadas por Cervantes en su obra: el valor de las armas y las letras en la configuración de un hombre íntegro. Dice el hidalgo a su escudero:

“!Ah, pecador de mi […], y que mal parece en los gobernadores el no saber leer ni escribir!”[14]

Agregando luego:

“Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os  doy tanto son menester las armas como las letras; y las letras como las armas.
-Letras -respondió Sancho-, pocas tengo, porque aún no sé el abecé; pero bástame tener el  Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré las que me dieren, hasta  caer, y Dios delante.”[15]

Sin embargo, la extensa caracterización que Don Quijote establece para un buen gobernante, en el capítulo XLIII de la segunda parte de El Quijote, representa una de las declaraciones más detalladas de las convicciones del autor respecto al Buen Gobierno. Ante esto, debe indicarse que todo discurso pronunciado por Don Quijote debe ser observado con suma cautela, pues, como indicamos páginas atrás, la ambigüedad y la ironía que gobiernan al texto podrían entorpecer una lectura clara. Creemos, sin embargo, que en este caso sucede algo diferente, que permite entrar al nivel de significación del texto de forma menos viciada por estos otros recursos retóricos. Al acabar este discurso, es la misma voz del narrador la nos hace una advertencia poco usual en el texto, al preguntarle al lector:

“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero; como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discurso mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en ésta destos segundos documentos que dio a Sancho, demostró tener gran donaire, y puso su discreción y su locura en un elevado punto.”[16]


Frente a esto, es imprescindible indicar que “los bien intencionados consejos del sabio aunque trastornado hidalgo, lejos de constituir una aleccionadora e insípida doctrina, no carecen de una patente parodia de los consabidos tratados políticos, pues la estética tanto como la ética cervantinas forjan una obra de ficción rebosante de «alegres entretenimientos» (I.28, 344.)”[17]. Es así el mismo autor quien nos indica que la paradójica locura del manchego hace un paréntesis en esta intervención, para referirse al buen gobierno con toda claridad y elocuencia. La intervención tan lúcida de Don Quijote tiene sentido si recordamos que Cervantes se ocupa de un problema no estrictamente literario, sino que engloba parte de sus preocupaciones sociopolíticas más profundas. Se asegura, por tanto, que su mensaje sea comprendido adecuadamente, eliminando el peligroso juego de ambigüedad que había venido y seguirá posteriormente utilizando.


El Buen Gobierno en Los tratos de Argel


Ya el título de esta comedia nos anuncia la complejidad de su construcción y las variantes que en ella podemos encontrar. “El trato de Argel”, como indican los manuscritos, o “Los tratos de Argel” como indica el propio Cervantes en el prólogo a las Ocho Comedias, es tal vez la primera de las obras cervantinas conservadas, y posee un enorme valor documental. Si bien se encuentra transversalmente marcada por el período de cautiverio del autor, que explica los problemas por los que pasó Cervantes durante su tiempo como preso en Argel, también es posible evidenciar el deseo de rescatar y contar sus calamidades, con una proyección dramática que reelabora lo histórico y lo enriquece poéticamente, incluyendo elementos y datos anacrónicos mezclados entre sí. De este modo, “Los tratos de Argel” ha sido tomada reiteradas ocasiones como fuente de reconstrucción de la estadía de Cervantes en tierras de infieles, que fueron 5 años y no 7, como el autor nos indica en la comedia, pero pocas veces se le ha revisado como testimonio de una reflexión política que el autor desarrollará años más tarde, con mayor detalle y complejidad en El Quijote.

Sin una absoluta seguridad, podemos decir que esta obra se compuso a principios de la década de 1580, y que “Los baños de Argel” y “La historia del cautivo” serían reelaboraciones posteriores. De lo que no cabe duda es que el desarrollo de sus planteamientos filosófico-políticas ampliados en la segunda parte de El Quijote (1615), tienen su matriz ideológica en “Los tratos de Argel”. En esta se presentan las relaciones e intrigas amorosas, que incluyen las relaciones entre cautivos y moros. Pero además, según la crítica, esta pieza cumpliría una doble función, pues además de pretender mostrar las penas vividas en Argel, pretendería también motivar a Felipe II a intervenir en la liberación de sus compatriotas cautivos, para lo cual elabora un diálogo imaginario con el monarca, aconsejándolo pero, a su vez, solicitando auxilio y mayor consideración.

Sobre este texto, que abren numerosas perspectivas de lectura: se ha trabajado su carácter testimonial y, sobre todo, la forma en que dentro de esta se puede reconocer el trauma individual del autor, pero también la profunda crisis social y cultural de la época.  En este sentido, parece posible reconocer en “Los tratos de Argel” una voluntad política de convocar a sus contemporáneos a movilizarse en favor de los cautivos, pero además se observa una finalidad terapéutica: la de narrar lo vivido por el autor, como forma de expurgación[18].

El contexto histórico que rodea la composición de “Los tratos de Argel”, donde encontramos permanentes batallas y treguas intermitentes entre Felipe II y El Gran Turco, llevaron hacia 1580 al fin de la pugna por el dominio del Mediterráneo, pero que a su vez, dejó literalmente olvidados a los cautivos. Si bien la literatura abunda en ejemplos de huidas y fugas desde el cautiverio, la geografía de Argel hacía que cualquier intento de éxodo, practicado también por Cervantes, fuese prácticamente un suicidio si no era con la ayuda de las flotas españolas que, a esa altura, difícilmente irían en su ayuda, considerando además la propagación de la piratería como forma de “comercio” durante la Guerra Fría africana. Este estado político complejo llevó a muchos cautivos a renegar de la fe cristiana, adoptando el Islam como una forma de mejorar su estado, pero no asegurando su libertad. La única forma que existía de alcanzar la libertad era ser intercambiados por dinero, cosa posible solo para aquellos provenientes de familias acomodadas, y por tanto, beneficio al que Miguel de Cervantes y su hermano, compañero de cautiverio, no podían acceder.

El trato al que eran sometidos los cautivos - y digo los y no las, pues existe información que permite afirmar que eran muy pocas las mujeres que cruzaban el mar – tampoco es un asunto cerrado por completo. Mientras numerosos testimonios de cautivos, como los recopilados en “Diálogos de la cautividad”[19] nos muestran las torturas permanentes y vejaciones constantes en contra de los desafortunados cristianos, existen otras fuentes, fundamentalmente de arabistas, que nos muestran a los musulmanes mucho más tolerantes con los cautivos de lo que podían ser los cristianos con sus rehenes islámicos. Hay algunos testimonios que hablan de ciertos derechos a los que el cautivo cristiano tenía acceso, como por ejemplo el derecho a confesión, que supuestamente Cervantes pudo solicitar y obtener. A la declaración de Cervantes en “Los baños de Argel”, donde indica:

“Y aún otra cosa, si adviertes,
que es de más admiración,
Y es que estos perros sin fe
nos  dejan como se ve
guardar nuestra religión,
que digamos nuestra misa
nos dejan, aunque en secreto”[20]


Afirmación que luego refuerza D’Arvieux al decir que “Los moros eran más humanos con sus esclavos que los europeos con sus criados”[21]. Sin ir más lejos, el mismo argumento presentado por Cervantes en la pieza que nos ocupa, habla de los enamorados Silvia y Aurelio que son perdonados y liberados por el rey musulmán, pudiendo así dejar a sus amos Zahara e Ysuf. Sin embargo, la interpretación de este argumento debe ser cuidadosa, pues no podemos olvidar que la liberación se hace efectiva, finalmente, por la llegada del barco de las limosnas de la redención, adquiriendo así una finalidad propagandística. La obra llama así al público a la generosidad, a entregar las y donaciones que permitan la liberación de los cautivos.  Sin embargo, esta obra cervantina no se queda solo en la petición de limosnas, sino que apunta además a ensalzar a los compañeros muertos en cautiverio o aún cautivos, finalidad proselitista muy común en el teatro de corrales de la época.
Recordemos que el cautivo Saavedra, encarnación del mismo Cervantes en la obra, expone ante Felipe II las recomendaciones de un consejero militar que dice conocer bien la zona: “Su gente es mucha, mas su fuerza es poca / desnuda, mal armada, que no tiene / en su defensa fuerte muro o roca[22]. Este discurso, como el que le sigue poco después de un cautivo a unos muchachos argelinos, nos habla de los recursos retórico-políticos que Cervantes manejaba y utilizaba para hacerse oír por Felipe II y por el público de su época, los cuales se indican a continuación.

En primer lugar, de forma muy evidente, vemos la presencia de los recursos ekfráticos y epidícticos propios del genus demostrativum, a través de la descripción del cautiverio y las penas allí sufridas.

“De la esquiva prisión, amarga y dura,
adonde mueren quince mil cristianos,
tienes la llave de su cerradura”[23]

Incluye más adelante:

“Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cerrados de tormentos inhumanos,
poderoso señor, te'stán rogando”[24]

En segundo lugar, se observa la presencia del genus iudiciale, dirigido explícitamente a Felipe II, en el que intenta convencerlo de la necesidad de liberar a los cautivos, acusando a los infieles y defendiendo a quienes poseen la fe verdadera.

“[…]despierte en tu real pecho coraje
la desvergüenza con que una bicoca
aspira de contino a hacerte ultraje.
Su gente es mucha, mas su fuerza es poca,
desnuda, mal armada, que no tiene
en su defensa fuerte muro o roca[…]”[25]


Por último, podemos reconocer formas del genus deliberativum, en tanto Cervantes invita a  la autoridad a tomar una decisión: la de liberar a todos los cautivos de Argel.

“[…]poderoso señor, te'stán rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando;
y, pues te deja agora la discordia
que tanto te ha oprimido y fatigado,
y Amor en darte sigue la concordia,
haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado[…]”[26]


Así, “Los tratos de Argel” no solo se vieron sometidos a un proceso de literaturización por parte del autor, como lo demuestra la mixtura permanente entre lo historiográfico y lo ficcional, sino que además se puede reconocer en ella una suerte de – si se nos permite la expresión – retorización de los recursos discursivos que permitirán al autor instalarse como una voz autorizada, por la experiencia del cautiverio, para inquirir respecto a la situación pasada, presente y futura de los cautivos, esta última, que intenta construir una idea de utopía cervantina ligada a las formas de gobierno y a la libertad.


La utopía cervantina

            Lo que hemos revisado hasta ahora, nos habla de una preocupación cervantina que va más allá de la simple construcción epistemológica del Buen Gobierno, sino que se desarrolla además en el plano de una propuesta sobre la sociedad española en reacción al reconocimiento de la crisis que la dominaba. Así, Cervantes llega a proponer una forma de gobierno de forma alegórica, que adquiere matices utópicos de corte erasmista, en donde el hombre, la libertad y el gobierno se encuentran íntimamente imbricados.

Los aspectos aparentemente banales que caracterizan a la ínsula de Sancho, son en realidad alegorías de un espacio idílico que se construye desde la base de la perfectibilidad de la sociedad española, que escatológicamente, entendemos como Utopía. Dice el Duque a Sancho: “Lo que puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa, donde si vos os sabéis dar mana podéis con las riquezas de la tierra granjear las del cielo”[27]. Por lo tanto, lo que observamos en Cervantes no es una reconstrucción o rescate de los principios del Buen Gobierno que la tradición traía consigo, sino más bien una relectura, una propuesta sobre cómo España podría ser mejor conducida por sus autoridades. En este sentido, “la modernidad cervantina radica en la novelización de toda una gama de avisos pragmáticos que distan del objetivo y del tono moralizantes de los tratados políticos”[28] y que apuntan más bien a un revolución política desde sus bases más profundas. De ahí la importancia que adquieren en las obras cervantinas las figuras del consejero y el cautivo, pues el primero representa la sabiduría que alimenta al gobernante, mientras que el segundo es la sabiduría que alimenta al consejero. En otras palabras, es el conocimiento experiencial el que mayor valor adquiere en la constitución de un  gobierno, y no la simple experticia política in abstracto.  De este modo, nos parece posible plantear la presencia de un proyecto utópico que va en contra de los contratos políticos de la reforma, transformándose así, para usar el término en el sentido de Maravall, en una “contrautopía cervantina.

No debemos olvidar, sin embargo, que la presencia del cautivo como autoritas de conocimiento es en sí ambigua: por un lado posee una conocimiento empírico sobre pesares y tragedias, pero su condición de privado de libertad de los limita su rango de acción. Esto lo sabe muy bien Cervantes, y por lo mismo apela permanentemente al rey para que esos cautivos obtengan nuevamente su libertad. Este principio, explicitado con mayor detalle en El Quijote, cuando afirma a Sancho que

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con  ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como  por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que  puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en  este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de  aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre,  porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las  recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo  libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de  agradecerlo a otro que al mismo cielo!”[29]

Lo mismo se evidencia en cada una de las intervenciones de Saavedra en “Los tratos de Argel” cuando pide a Felipe recuperar su libertad. De este modo, Cervantes nos plantea una nueva interrogante: ¿cómo el privado de libertad puede hablar de libertad y justicia al rey? ¿Qué es lo que mueve al cautivo a enfrentar al poder y ofrecerle consejo? Y finalmente, ¿qué es lo que le otorga la autoridad al cautivo para que Cervantes lo instale como consejero del rey?. Creemos que cada una de estas interrogantes se pueden comprender a partir del reconocimiento de otro de los motivos que más recurrentemente aparecen en el pensamiento cervantino: el Mundo al Revés. No solo es el cautivo el que aconseja al rey, como sucede en “Los tratos de Argel”; además es el loco que aconseja al estulto, cuando Don Quijote enseña a Sancho a Gobernar; sino que además es el mismo estulto quien se convierte en rey, Sancho como gobernador de la ínsula de Barataria. Cada una de estas construcciones revesadas, son “reflejo del carnavalesco mundo al revés, tema predilecto de la locura paradójica erasmiana. La buenaventura de Sancho en ser elegido gobernador, aunque “porro,” y en desempeñar el papel de discreto y sensato juez de sus insulanos, apunta a todas luces al hecho insoslayable de que el novel gobernador encarna el concepto de la locura paradójica, cuyo mayor exponente viene siendo la figura del sabio estulto erasmiano.”[30]

            Si bien algunos han afirmado que la incorporación de reflexiones políticas en las obras cervantinas responden a una convicción donde “la buena educación del príncipe, la cual es impartida bajo la tutela del buen ayo o consejero, es la clave para granjearse la buena fama”[31], y por lo tanto serían reflejo de un interés personal de ascenso social, creemos que Cervantes buscó la fórmula de gobierno que asegurara el bien común como principio universal. No es para ingenuo el autor de la insuficiencia de una propuesta utópica como fundamento pragmático de un gobierno mejor y más justo. Entiende perfectamente que, aunque sus obras entreguen lineamientos generales sobre el buen gobernar, lo más importante es que estas lleguen a quienes gobiernan. Tal vez por lo mismo, cuando Don Quijote le dice a Sancho que “si mal gobernares, tuya será la culpa, y mía la vergüenza; mas consuélome que he hecho lo que debía en aconsejarte con las veras y con la discreción a mi posible: con esto salgo de mi obligación y de mi promesa. Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mi me saque del escrúpulo que me queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que pudiera yo escusar con descubrir al duque quién eres[32]. En pocas palabras, Cervantes asume personalmente la tarea de consejero a través de sus obras, tanto en prosa como en verso, pero asume que el consejero no vale nada si el gobernador hace oídos sordos de esos consejos. La soberbia y la autosuficiencia de un gobernante, le impedirían ejercer bien su mandato. Por esto, el consejo de Don Quijote, al decir a Sancho que después de aprender a temer a Dios, los segundo es poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti  mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no  hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.”[33]. Resignado o no, la cierto es que Cervantes asume el rol de consejero de su público, entre quienes se encuentra muy especialmente tratada la figura del rey.

Conclusiones:

Cervantes, con su propuesta utópica encarnada en Sancho y su ínsula, además del rol de consejero asumido por Saavedra en “Los tratos de Argel”, busca reestablecer la sociedad que se había venido resquebrajando debido a la crisis administrativa y política que le aquejaba, denunciando que la principal causa es la corrupción de los gobernantes y el cúmulo de vicios que habían adquirido, en desmedro de las virtus regia humanista que, desde su perspectiva, debía imperar para asegurar el buen desarrollo de la sociedad. Su experiencia militar y civil, posiblemente aguzaron su sentido de justicia y con ello, el afán de denuncia. Del mismo modo, su experiencia como cautivo en Argel, lo llevó además a tomar un tono más personal respecto al deber y compromiso que el rey debe demostrar hacia sus más fieles vasallos.

La intervención de Don Quijote durante el gobierno de Sancho, constituye una recia crítica, disfrazada de parodia, del los vicios del rey, en tanto Saavedra, a través del diálogo ficticio con Felipe II en “Los tratos de Argel”, representa la defensa de los grupos sociales olvidados y postergados por la corona española, utilizando el discurso del consejo de príncipes. En relación con el discurso jurídico-deliberativo, Cervantes hace uso del genius rationale en tanto busca enjuiciar el hecho mismo del cautiverio y a sus verdugos, además de atreverse a invocar el genius legale para cuestionar las leyes que impiden la liberación de los cautivos, junto con criticar a la autoritas que las diseñó y puso en ejecución, en este caso, el mismo Felipe II.  La importancia de abrir esta línea de investigación en torno a la obra cervantina, particularmente en torno a su producción dramática y, específicamente en torno a la producción en torno al período de cautiverio, se hace evidente si quisiéramos comprender las motivaciones que llevaron a Cervantes a realizar una ejercicio terapéutico a través de la literatura, y sobre todo a la capacidad de reconstruir propagandísticamente un fenómeno tan traumático como la ausencia de libertad, de la cual Cervantes siempre fue un ferviente defensor, transformándolo finamente en un proyecto utópica para la España de su tiempo.


Bibliografía

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[1] Numerosos son los estudios que se refieren al influjo de Fray Antonio de Guevara en la obra de Cervantes, entre ellos, destacan Marcelino Menéndez Pelayo (121); María Rosa Lida de Malkiel (346–88); y Francisco Márquez Villanueva (Fuentes literarias, 235–57).
[2] Nos referimos a los consejos y a la carta que Don Quijote entrega a Sancho para el buen gobierno de su península, incluidos en los capítulos XLII y siguientes de la segunda parte de El Quijote (Op. Cit. 2004).
[3] Chiong Rivero, Horacio: Ínsula de buen gobierno: el palimpsesto guevariano en “Las Constituciones del gran gobernador Sancho Panza, en Bulletinof the Cervantes Society of América, 28.1. (spring 2008). p. 135.
[4] Cfr. Cervantes, 2004. Don Quijote de la Mancha, II, cap. XLII y siguientes.
[5] Cervantes, 2005: p. 881 – 882.
[6] Born, Lester: Introduction to Erasmus and On Ancient and Medieval Political  Thought en The Education of a Christian Prince by Deciderius Erasmus. New York: Octagon Books. 3-130. citado por Invernizzi, Lucía: Recursos de la argumentación judicial-deliberativa en El cautiverio feliz de Pineda y Bascuñán. En Revista Chilena de Literatura, Nº 43, Universidad de Chile, 1993. p. 103.
[7] Invernizzi, Op. Cit. p. 103.
[8] Invernizzi, Op. Cit. p. 104.
[9] Invernizzi. Op. Cit. p 108.
[10] Cervantes Saavedra, Miguel de: Los Tratos de Argel en Teatro Completo, Fundación La Maison de l'ècriture. Ed. Altaya, España, 2005. p. 856.
[11] Chiang, Op. Cit. p. 140.
[12] Cfr. “Los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de  la murmuración maliciosa, de quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la humildad  de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres,  ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si  tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar; que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala, y desbástala de su natural rudeza; porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta. Si acaso enviudaras, cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.” (II Quijote, XLII, pp. 868 - 870)
[13] Cervantes, 2004:II parte, p. 570.
[14] Cervantes, 2004: II parte, capítulo XLIII, p. 874.
[15] Ibíd. pp. 866 – 867.
[16] Cervantes, 2004: II parte, capítulo XLIII, p. 871.
[17] Chiang, Op. Cit. p. 136.
[18] Para el tema del carácter terapéutico de “Los tratos de Argel”, revísese el artículo de Fernández, Enrique: Los tratos de Argel: obra testimonial, denuncia política y literatura terapéutica. En Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America, 20.1 (2000).
[19] CF. Haedo, Diego de: Topographia e historia general de Argel, (1612), Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1927. 2ª parte.
[20] Cervantes, Miguel de: Los Baños de Argel, en Teatro completo. Edición, introducción y notas de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas. Fundación La Maison de l'ècriture. Ed. Altaya, España, 2005. p. 254.
[21] Tassadit Yacine, « Les bagnes d’Alger d’après Cervantes », en Revue d’Historie Magrébine, n°21-22, abril 1981, Tunis, págs. 17-19
[22] Cervantes, 2005: p. 857.
[23] Ibíd. p. 856.
[24] Ibíd.
[25] Ibíd.
[26] Ibíd.
[27] Cervantes, 2004: II parte, capítulo XLII, p. 866.
[28] Chiong, 2008: p. 136.
[29] Cervntes, 2004,  II parte, capítulo LVIII, pp. 984 – 985.
[30] Chiang, 2008: p. 339.
[31] Chiang, 2008: p. 337.
[32] Cervantes, 2004: II parte, capítulo XLIII, p. 876.
[33] Cervantes, 2004: II parte, capítulo XLII, p. 868.

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