La importancia que, desde el 11 de septiembre de 2001 en adelante, y por razones que no hace falta referir aquí, ha adquirido la problemática árabe en Occidente y los intentos por entender el comportamiento del mundo oriental han sido tan numerosos como inexactos a la hora de intentar dar cuenta de una realidad desconocida y, a veces, incomprensible e intolerable. Sin embargo, lo que las grandes masas han recibido por información sobre Oriente dista demasiado de lo que en verdad sucede. La prensa, la radio, la TV y los medios masivos occidentales en general han entregado una imagen muy distorsionada del mundo árabe, de modo que nuestro conocimiento al respecto se ha empobrecido antes que regenerado. A través de una manipulación inescrupulosa de información – que no tardará en desfigurar también la historia – la imagen que nos formamos de Oriente nos impide cada vez más un acercamiento real y despojado de prejuicios entre ‘nosotros y los otros’.
Gran parte de esto ha operado en las conciencias colectivas de enormes comunidades que, de una forma u otra, han comenzado a ver a Oriente, en su totalidad, como una terrible amenaza, lejana para unos y demasiado cercana para otros, pero que para todos, revelaría el afán de un enfrentamiento tácito, tal vez el más gigantesco y destructor jamás visto: Oriente v/s Oriente.
Más allá del tono apocalíptico, lo cierto es que el occidental promedio ve en el mundo árabe a un objeto ambivalente, en donde el misterio y la atracción son los personajes principales. Sobre esta dualidad, de la cual están concientes los arabistas y los árabes, se ha producido un intento de occidentalizar a Oriente, o en el mejor de los casos, desarabizarlo. Esto es, un intento de comprender al árabe según parámetros establecidos por el orientalismo occidental, sobre todo europeo, quitando al árabe lo que le es propio, porque parece malo, y configurándolo a partir de categorías que poco o nada tienen que ver son su realidad.
De ello también están concientes los árabes. Es precisamente contra lo que ellos dicen estar luchando. Pero no se entienda esta lucha sólo como enfrentamiento militarizado y armado, sino además como un enfrentamiento intelectual entre los árabes y los occidentales. Un rol fundamental en este segundo tipo de lucha, lo ha jugado la literatura árabe que, hace casi un siglo ya, ha empezado a dar cuenta de estas construcciones erróneas que se les adjudican y, sobre todo, de la imagen devastadora que de ellos se ha construido.
Hablaremos precisamente de una de las figuras que desde el campo del arte ha lanzado poderosos dardos contra la manipulación occidental del mundo árabe, el iraquí Abd al-Wahhab al-Bayati quien, desde una postura filosófica profunda, ha desarrollado una poesía contestataria que da cuenta de este enfrentamiento, aunque otorgándole además un sentido de trascendencia al trabajarlo desde los designios que dirigen a toda la humanidad. Para al-Bayati, este conflicto se produce por diferencias esenciales que el hombre supera con un afán de supervivencia individual a través de medios como la guerra o actitudes como el racismo y la xenofobia. Por ellos al-Bayati escribe sobre el desgarrador sentimiento de aferrarse a la vida pese a los obstáculos vitales que cada uno enfrenta, además de un importante intento de rescatar los sentimientos de unificación mediante la patria. En su poema El Deseo de la vida podemos apreciar el interés del hombre por conservar la vida, a pesar de su crueldad y su dramatismo. Este sabor agridulce y el sentimiento contradictorio aceptación-rechazo, se encarna desde el primer verso, cuando dice:
"He muerto de la vida
pero
sigo siendo un niño hambriento
que llora.
Como un gusano que muerde una manzana
era la muerte..."
Se manifiestan en su poema El mar está lejos... sentimientos de perdición, ruina, peligro y locura. El personaje que crea el poeta, se caracteriza por la solidaridad con los demás y por sus quejas del difícil momento que atraviesa, y por consiguiente ve en la rebeldía el único camino de salvación:
"... Y yo entre Ma' arri al-Nu' man
y al-Du' ali al-Aswad
busco un manuscrito
no sé quién fue su autor
o quién lo perdió:
¿Sayf al-Dawla
o Kafur al-Ajsidi?
en un tiempo en el que nadie
llora por nadie
ni se rebela".
Sus poemas son mucho más que proselitismo político o panfletos que insten a la revolución; rescata la necesidad de superar la miseria y erigirse, con todos los derechos, como hombres libres. En el poema titulado A al-Yawahiri que abandanó en su cumpleaños, al-Bayati utiliza esta ocasión como excusa y pretexto para denunciar el mal comportamiento de las autoridades para con los pensadores de nuestro tiempo y para destacar el sufrimiento de un gran poeta, al-Yawahiri que, a pesar de todas las dificultades siguió durante casi un siglo como una montaña que no se inclinaba ante las más feroces tempestades. Las penas y el dolor de al-Yawahiri en su largo exilio se parecen a los de al-Bayati y ambos se han convertido en símbolo de la lejanía y el destierro. La patria de ambos, según escriben, parece ir de mal en peor, caminando de una miseria a otra, de una oscuridad a otra. Hasta el Tigris al que cantó al-Yawahiri desde su exilio desde hace casi medio siglo cuando dijo:
"Desde la lejanía saludo tu orilla ¡Oh Tigris!, dueño de los jardines.
Saludo sediento tu orilla, buscándote cual la búsqueda
de las palomas entre el agua y el barro"
Este río, símbolo de la patria, tan añorado y tan querido, sigue en el poema de al-Bayati encerrado en su dolor y su tristeza. Dice al-Bayati:
"Tigris sigue como siempre fortificado con las ciudades de la miseria
de un mártir a otro que vieron desde su tumba tu estrella sangrando".
Un importante grupo de poemas se caracteriza, como dijimos antes, por su marcado componente de denuncia, aparte del factor de ironía y de su estilo directo. Abarca los siguiente títulos: ¿Man yamliku al-wa-tan? ("¿Quién posee la patria?"), al-Tinnin ("El dragón") y al-Kabus ("La pesadilla"). Los títulos aquí no son inocentes ni casuales, sino todo lo contrario, son muy indicativos y significativos. Su poema ¿Quién posee la patria?, concentrado hasta el máximo, es un grito desgarrador que golpea las conciencias y tiene el efecto de una flecha mortal. La pregunta ¿quién posee la patria? es metafórica y no necesita ninguna respuesta, porque todos la saben que la patria ya no está en manos de quien merezca confianza y tenga sentido de la responsabilidad, sino en manos de los ladrones y las bandas de criminales. Dice al-Bayati:
"¿Quién posee la patria?
¿el asesino a sueldo y el carcelero
señora mía
o el hombre de la lluvia?.
¿Nazik, al-Sayyab y al-Yawahiri?
¿o el hurtador del pan, la medicina y la patria?"
Y su poema El dragón es otro grito amargo con una visión más amplia e internacional. Consta de dos partes y representa en un estilo burlesco y mordaz como un dictador salvaje pretende ser la paloma de la paz y expresa su incapacidad hasta para matar un pájaro, aunque su realidad es totalmente distinta. No vacila en deformarlo y controlarlo todo a través de sus perros de caza. Ese dictador, lamentablemente, se encuentra en todos los lugares: en el café, en los locales de esparcimiento y en el mercado. No se limita a un sólo país, porque ha podido abordar temas abordados por Neruda, G. Márquez y Amado, y porque sus temas se reproducen desde el Caribe hasta la Muralla de China. Al-Bayati nos lo dibuja tremendamente, cuando dice:
"Llamó con el nombre de su excelencia todas las plazas
todos los ríos
y todas las cárceles de la vencida patria.
Quemó al último adivino que no se prosternó ante el ídolo adorado,
pretendiendo que la muerte es regalos y ofrendas.
Sus perros de guardia llenaron la Tierra de corrupción.
Robaron el sustento del pueblo,
violaron las diosas de la poesía,
las esposas de los hombres que murieron bajo tortura
y las muchachas y viudas de una guerra que perdieron,
huyeron como conejos en un campo de alfalfa.
Abandonaron los cadáveres de los muertos: obreros/
campesinos escritores/ artistas
y mozos de veinte años".
Y por último, su poema La pesadilla que gira alrededor de El pequeño hombre, título de un cuento corto del escritor iraquí 'Abd al-Malik Nuri. Este poema como los dos anteriores describe la fuerza del mal, la oscuridad y la denuncia, porque persigue a los hombres de pensamiento que apoyan la verdad y la justicia. En cambio las fuerzas ciegas del mal odian a los escritores y los libros. Dice al-Bayati:
"Un fantasma persigue en la oscuridad al autor de 'El pequeño hombre'
olfatea los libros viejos sobre los estantes de las bibliotecas
en la Plaza de al-Sa'dun
o en el mercado al-Saray
y regresa fracasado al café,
pero no encuentra a aquellos
que ayer persiguió,
pues volaron como bandadas de pájaros
al exilio.
Ya no se encuentra una caza abundante, pues los cementerios y las cárceles
están llenos de ellos".
En este ambiente contaminado, todo está deformado y las conciencias están corrompidas, hasta Ishtar perdió su inocencia y su pureza y se convirtió en una "loba ciega" y botin de los tiranos:
"Ishtar en su otro espejo y bajo su asedio
es una anciana que viste harapos
y llora a escondidas".
Es, en resumen, la pesadilla que ahoga la patria, envenena los corazones y mata el germen del bien en las almas. Es la maldición que envuelve aquella región desde hace décadas. La denunciaron muchos poetas y al-Bayati lo hizo en más de un poema, como por ejemplo al-Mujbir (El delator). Con esto, lo que al-Bayati ha intentado decir es que la identidad del árabe es tan valiosa como cualquiera y que se debe luchar por ella a toda costa, incluso ante el avance occidental que pretende dominarlos e incluso anularlos. Su poesía, sin embargo, más que una denuncia de la occidentalización que ejercen los intelectuales europeos, es una denuncia a la desarabización de Oriente, pues, a su juicio, son los árabes quienes tienen el deber de mantener sus raíces y orígenes. El rescate de la patria, en un sentido panarabista, es el objetivo fundamental de la poesía de al-Bayati desde la década del 40, porque sólo a partir desde ella, desde el mundo árabe, es desde donde se podrá iniciar el renacer cultural, social y político de Oriente.
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