Las imágenes que del corazón se han edificado a lo largo de la historia, tanto de Oriente como de Occidente, parecen estar en constante elaboración y re-significación. Pese a ello, existen formas de representación que tienden a estar instaladas en la espiritualidad humana, y que se repiten y coinciden en diversos tiempos y culturas, haciendo del corazón una alegoría riquísima de la unión - a veces fraternal, otras conflictiva - entre el hombre y Dios.
Uno de estos “edificadores” (como constructor, pero como ejemplar también) del corazón es San Agustín, que en el s. IV se instaura como uno de los padres de la teología cristiana, y un crítico de los vicios que, en su época, mostraba el catolicismo. En sus “Confesiones”, particularmente en los capítulos XI y XII, fuimos testigos del proceso de conversión del autor, en el que el corazón se muestra en un primer plano, tanto simbólico como espiritual, como nexo entre él mismo y Dios. Otro constructor de espacios simbólicos es el místico sufí del s. IX, Abū-L-Hasan al-Nūrī, que en sus Moradas de los corazones logra sintetizar teológica y poéticamente, los principios fundamentales que rigen la relación mística entre Dios y el creyente. Para ello, hace del corazón un escenario interno, que Dios ha dotado de ciertos dones, conocimientos, espacios, figuras y sentimientos que permiten al fiel alcanzar la visión mística y la gnosis de Dios. Nos referiremos, de este modo, a las correspondencias simbólicas que se pueden rastrear entre los textos de Nūrī de Bagdad y de San Agustín[1], y a cómo la construcción alegórica del corazón parece coincidir en estos ascetas, cristiano “nuevo” uno, místico sufí el otro.
Para comenzar habrá que aclarar que, si bien ambos se refieren al corazón como símbolo de unión con lo divino, no es sólo esto lo que los reúne, sino que es la alegoría misma con la que se construye el texto y se pretenden explicar el sentimiento religioso lo que los hace similares. No podremos hablar aquí de una coincidencia textual, como sí sucede con los siete castillos que Santa Teresa y Nūrī instalan en el corazón de creyente. Aquí la alegoría deberá ser entendida en un nivel más profundo y global en los textos, en donde San Agustín no se refiere a los castillos propiamente tales, pero sí se evidencia en su peregrinaje interior por cada uno de ellos. Las características de cada estadio de esta fortaleza no son explícitas – como veremos más adelante-, pero sí son alusivas al mismo sentido con que Nūrī (e incluso Santa Teresa) se refieren al proceso de aproximación a Dios.
Cada estadio del proceso de conversión de San Agustín tiene correspondencia en alguna de las viñetas de las “Moradas” de Nūrī. Las descripciones de las experiencias de vida de uno y otro no son sólo una trascripción, sino que, como anuncia López-Baralt, son “las experiencias mismas en toda su multiplicidad, vaguedad y riqueza de contenido” (p. 33). El lenguaje simbólico con que Nūrī de Bagdad y –en alguna medida- San Agustín trabajan la experiencia mística, nos permite abordar sus textos no como meros reflejos de un proceso interior, sino que son el proceso mismo de aproximación a Dios, ya que es el mismo lenguaje revelado (bíblico o coránico) en que inicia el proceso de conversión del cristiano y el viaje didáctico-espiritual del sufí.
Por su parte, Nūrī nos habla de un corazón con cuatro estaciones (manāzil), que son las detenciones en el viaje del fiel hacia Dios. Estas estaciones, desde otra perspectiva, más terrenal si se quiere, también son recorridas por San Agustín en su proceso de conversión. Para Nūrī, la primera estación es aquella en el que “el corazón se protege contra la duda” (88), que sería a su vez coincidente con el momento previo a la conversión de San Agustín, que es el punto de partida en su peregrinaje, a modo de viaje iniciático, enfrentándose aquí con su primera prueba, dejar atrás lo que lo retiene, lo mundano: “Reteníanme [en lo mundano] unas bagatelas de bagatelas, y vanidades de vanidades antiguas amigas mías…” o “Aléjalas del alma de tu siervo”, y que logra poco a poco superar por su aproximación a la fe. En la segunda estación, para Nūrī, “el corazón queda defendido de los avatares de la pasión amorosa que extravía”, refiriéndose al placer carnal y a la pasión, de la que San Agustín pretende alejarse: “¡Oh, qué suciedades me sugerían, qué indecencias! Pero las oía ya de lejos, menos de la mitad de antes…”. En la tercera estación, para el místico sufí, “el corazón se guarda de la hipocresía y de la vanidad”, lo que podemos ver en San Agustín cuando afirma: “¿Por qué no pones fin a mis torpezas?... No quieras más acordarte de las nuestras inequidades antiguas”, señal de humildad y súplica frente a Dios. En la cuarta estación, el sufí indica que “el corazón queda salvaguardado de recordar nada que no sea la rememoración de Dios [dikr]” (p. 89) que es justamente el momento final en la conversión de San Agustín, cuando éste afirma que “ya no apetecía esposa ni abrigaba esperanza alguna de este mundo, estando ya en aquella regla de fe” (409). Como vemos, los pasos que Nūrī de Bagdad establece como necesarios para acceder al conocimiento (gnosis) de Dios, son los mismos que sigue San Agustín en su insospechado y vertiginoso proceso de conversión.
Junto a lo anterior, y refiriéndonos ahora específicamente los tópicos utilizados por San Agustín para referirse al proceso de conversión, veremos cómo muchos de los elementos simbólicos se conectan con las alegorías construidas por Nūrī en las Moradas del corazón. Así, por ejemplo, en el capítulo XI de las Confesiones, se nos representa el arrepentimiento por las obras del pasado y su deseo de sacarlas de dentro de sí: “Y llenábame de muchísima vergüenza, porque aún oía el murmullo de aquellas bagatelas y, vacilante, permanecía suspenso”[2], marcando desde aquí el alejamiento de lo mundano y la aproximación a lo divino. De este mismo modo, establecemos un nexo con Nūrī, quien en la viñera XV (“Las características de lenguaje, del habla y del oído del corazón místico”) nos presenta al corazón como aquel en que “todos los pecados se cubren con el velo del arrepentimiento” refiriéndose con ello a uno de los pasos fundamentales para aproximarse a Dios.
Ya en el capítulo XII de las Confesiones, el de la conversión, San Agustín refiere a un momento inexplicable para sí mismo, que lo lleva a tomar la decisión de apartarse de Alipio y permanecer en soledad, reconociendo sus pecados antiguos: “[Se] amontonó toda mi miseria a la vista de mi corazón, estalló en mi alma una tormenta enorme, que encerraba en sí copiosa lluvia de lágrimas”. En otras palabras, es éste el momento del reconocimiento del pecado que le permitirá acceder al conocimiento divino, lo cual coincide con lo que Nūrī llama la “lluvia de la misericordia, que es el resultado de la felicidad” (viñeta XX) y que cae con cuatro cosas: ”el trueno del temor, el relámpago del anhelo, la lluvia de la generosidad y el viento del solaz” (100). La tormenta que le revela a San Agustín el camino que debe seguir, es así mismo la tormenta con que Nūrī explica la configuración del “Corazón de los amigos de Dios”.
Respecto a la estructura interna del corazón del creyente, ya sabemos que Nūrī le eleva siete castillos fortalecidos por muros concéntricos. El cuarto castillo, el de bronce, es para el sufí la “ejecución de las prescripciones de Dios [farāid] .. y a su alrededor hay un castillo de alumbre, que es el cumplimiento de los mandamientos de Dios” (viñeta VIII, p. 90). Claramente, estas prescripciones se dejar ver a la vista de los hombres a manera de oráculo o profecía revelada. Imposible no establecer semejanzas con la referencia bíblica que realiza San Agustín al recordar la conversión de Antonio, y al códice, al explicar su propia conversión: “Había oído decir de Antonio que, advertido por la lectura del Evangelio […] se había al punto convertido a ti con tal oráculo” o cuando narra “Toméle [el códice], pues; abríle y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos” (cap. XII, p. 407). Y en ese momento San Agustín realiza la conversión: “Se disiparon todas las tinieblas de mis dudas” (cap. XII, p. 407).
En este mismo sentido, y para finalizar, es destacable el sentido simbólico que ambos autores del brindan a la luz del corazón en el momento final de aproximación a Dios. Nūrī cita al Corán diciendo: “Finalmente, se encuentra la iluminación, como dice la palabra de Dios (Corán 24:35): «Dios dirige a Su luz a quien Él quiere»” (Viñeta III, p. 86), mientras que San agustín, realizada su conversión, afirma que la experiencia fue “como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad” (cap. XII, p. 407). Así podríamos seguir mencionando correspondencias simbólicas entre ambos autores, como el fuego, los océanos, los árboles, etc. Pero, cave preguntarse en este momento, ¿qué nos quieren decir estas conexiones? o, más bien, ¿qué establecemos al evidenciar estas correlaciones? Creo que el hecho de que las formas con que se pretende explicar el peregrinaje místico hacia Dios, con cinco siglos de diferencia entre autores, con Oriente y Occidente representados, y con finalidades teológico-literarios disímiles, confluyan en aspectos simbólico-textuales, ha de ser la mejor forma de explicar y comprender cómo el espíritu humano camina por senderos que llegan al mismo lugar, a buscar lo mismo, aunque con nombres diferentes para cada uno de ellos.
[1] Este mismo ejercicio, que ha arrojado inesperados resultados al ser examinadas las “Moradas” de Santa Teresa de Jesús y las de Nūrī de Bagdad, no ha sido abordado con el mismo entusiasmo entre este último y San Agustín, tal vez por lo menos evidente de las relaciones; sin embargo, creo posible esbozar aquí algunas referencias textuales que permitan al lector seguir escudriñando las posibilidades simbólico-alegóricas del corazón en la literatura de ambos autores.
[2] Nótese aquí el giro que San Agustín realiza al modificar la frase “en duda” por “en suspenso”, estableciendo un umbral entre lo que fue y lo que comienza ahora a ser.
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