domingo, 8 de enero de 2012

¿Fausto, el demiurgo moderno?: o la constelación especular ‘sujeto-lenguaje-naturaleza’

…No seremos testigos de la mudanza:
dormiremos, progenitores, en el polvo
con nuestras madres que nos hicieron mortales
desde allí, celebraremos el proyecto de durar,
parar el sol, ¿ser como los divinos? De repente.
Gonzalo Rojas

Lo que yo ambiciono es el dominio, el señorío.
La acción es todo, la gloria nada es.
Fausto

El deseo nunca se satisface del todo.
J. Lacan


Resumen

            El presente ensayo se propone reflexionar brevemente en torno a una de las muchas formas en que se evidenciaría el proceso de configuración del sujeto fáustico, reconstruyendo las relaciones que el personaje de Goethe establece con la naturaleza y el lenguaje que la/lo designa, a modo de estrategia de autorepresentación e individuación fragmentaria y contradictoria. Entendiendo al Fausto (1808 – 1832) moderno como representación alegórica de los sujetos y los fenómenos socio-culturales que nutrieron su contexto de producción, y analizando posteriormente el valor fenomenológico que de él se proyecta hasta su actual recepción, intentaremos concentrar la mirada en la constelación sujeto-lenguaje-naturaleza que origina el leitmotiv y sirve de escenario a Fausto, en el que se evidencian las ambiciones epistemológicas del personaje y el resultado final (¿victoria o fracaso?) de sus luchas primordiales: el hombre frente al poder y el hombre frente a sí mismo.

Palabras claves: Fausto – modernidad – sujeto – lenguaje – naturaleza. 



I

            La pregunta inaugural con que nos proponemos lidiar durante esta sucesión de ideas sobre la configuración del sujeto fáustico de Goethe, alude a una dicotomía universal, que reaparece y vuelve a encarnarse a lo largo de la historia (literaria o no) en nombres que hoy ayudan a explicar(nos) en gran medida sus contextos y cuyas existencias justifican modos, sentidos y formas de entender/experienciar el impulso vital y los propósitos de estar y ser en el mundo: Ulises y Aquiles, Abraham y Moisés, Alonso Quijano y Hamlet, Fausto y Don Juan, por ejemplo, muestran esa dicotomía que movió a cada uno de estos ‘sujetos’ en sus espacios, que los puso en conflicto consigo mismos y con Otros a quienes debieron enfrentar, y en la cual se vieron siempre obligados a optar, y por lo tanto a renunciar, acceder al sacrificio. Horkheimer diría que “la individualidad presupone un sacrificio voluntario de la satisfacción inmediata en aras de la seguridad, de la conservación material y espiritual de la propia existencia”[1], lo cual se podría aplicar a la autoconfiguración del sujeto fáustico de Goethe si entendemos que su personaje anhela una satisfacción que va más allá de la duración de su propia existencia como hombre. Planteémoslo así: estos sujetos, incluido Fausto, se debieron preguntar cómo se establecía su relación con la naturaleza y lo divino y, al hacerlo, cuestionarse además sobre cómo enfrentarse a sí mismos, cómo hacer efectivo el proyecto de durar – como diría Rojas – más allá de lo terreno. Surge entonces la duda sobre el sendero por el cual transitar: ¿saber o hacer?, ¿intelecto o acción?, ¿conocimiento o experiencia?

El Iluminismo, como concibieran Horkheimer&Adorno[2], vino a modificar irremediablemente la relación histórica del hombre con la Creación; enfrentó a macro y microcosmos en una aparente irreconciliable e irresoluble pugna de poder, y en donde el hombre pudo ensayar el placer en el dominio. Es justamente en ese conflicto metafísico en donde surgiría el sujeto fáustico – más como cuestionamiento que como respuesta – al contexto que Goethe observó críticamente, sin vaticinio, pero acertado en las consecuencias que sufriría el sujeto moderno inmerso en esta ceremonia de pulsiones de saber y de dominio.

Creemos que este conflicto no solo está presente transversalmente en el Fausto de Goethe – como intentaremos demostrar en los sucesivo –, sino que sería el motor del personaje, que orientaría sus procesos de autorreflexión, autoconfiguración y, finalmente, de la autodestrucción a la que lo condujo el abismo entre esas dos opciones en disputa. Así planteado el problema, debemos recordar que Fausto reconoce que dos almas residen en su pecho: “Una de ellas pugna por separarse de la otra; la una, mediante órganos tenaces, se aferra al mundo en un rudo deleite amoroso; la otra se eleva violenta del polvo hacia las regiones de sublimes antepasados”[3] y cuyo reconocimiento no es sino la representación de la fragmentación del sujeto moderno, la crisis del sujeto moderno - en palabras de Horkheimer[4] -, en la medida que lo obliga siempre a perder algo, a optar por una sola alternativa, una sola salida. La pulsión de saber de Fausto, que lo incita a buscar primero la unicidad y luego el dominio del hombre sobre la Naturaleza (indicándolo como un sujeto en búsqueda del poder creador, poder divino de ser a la vez sabiduría y acción) se contrapone a su pulsión de estar en el mundo, lo que determina el conflicto de la obra.

Para Fausto la cuestión está en decidir cuál será el impulso vital del sujeto, que le otorgue coherencia y trascendencia en el mundo: “En el principio era la Palabra…” Aquí me detengo yo perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien iluminado por el Espíritu. Escrito está: “En el principio era el Pensamiento...” Medita bien la primera línea; que tu pluma no se precipite. ¿Es el pensamiento lo que todo lo obra y crea...? Debiera estar así: “En el principio era la Fuerza...”. Pero también esta vez, en tanto que esto consigno por escrito, algo me advierte ya que no me atenga a ello. El Espíritu acude en mi auxilio. De improviso veo la solución, y escribo confiado: "En el principio era la Acción".[5] El principal obstáculo en la configuración del sujeto fáustico radica en comprender que la Palabra es la que otorga el poder, pero que el hombre está impedido a acceder a ese valor absoluto del signo. Por ello, la única opción del sujeto moderno de estar en el mundo es a través de la acción, de la producción, de ser agente transformador de la realidad. Fausto, sin embargo, sobre todo en la segunda parte del texto, parece anhelar algo más: acceder al mundo desde la dominación sin perder el lenguaje, es decir, crear y dominar a la vez. Para Berman, en este Fausto, “el sujeto y el objeto de la transformación no es meramente el héroe, sino el mundo entero”[6]


Fausto
¡Qué espectáculo! Mas ¡ay! ¡un espectáculo tan sólo! ¿Por
dónde asirte, Naturaleza infinita? ¿Cómo coger tus pechos,
manantiales de toda vida, de quienes están suspendidos el
cielo y la tierra, y contra los cuales se oprime el lánguido
seno? Os mostráis túrgidos, ofrecéis el sustento que mana de
vosotros, ¿Y yo me consumiré así en vano?[7]

Sin embargo, dada la imposibilidad ontológica de acceder y pertenecer al mundo como hombre y como divinidad a la vez – salvo honrosas excepciones, como la de Cristo - , será necesario profundizar en los mecanismos y conductas que hacen del personaje un sujeto trágico. Trágico en tanto proyecto individual fracasado, en tanto modernidad encarnada, cristalizada en él pese a todo. Fausto busca no solo triunfar, sino dominar sobre el mundo, y ve en la acción la vía para conseguirlo. La consciencia de Fausto, esencialmente contradictoria y crítica, nos prohíbe aproximarnos a esta pregunta de manera unívoca y nos obliga a revisarla desde perspectivas diversas. Por ello, necesitaremos rastrear a los ‘individuos’ que gobiernan al sujeto fáustico y lo relacionan con el poder.

En este sentido, hasta donde alcanzamos a ver, el valor asignado al lenguaje y cómo el sujeto busca re-crear el mundo a través de él, fraguarían la tríada fundamental que organiza el proyecto fáustico, en el que sujeto-lenguaje-naturaleza (como fragmentos de un individuo en búsqueda de poder) conforman la relación imprescindible de identificar y caracterizar del  proyecto moderno y su triunfo/fracaso en la alegoría fáustica.



II

El anterior escenario, nos muestra que el principal problema de Fausto no es su imposibilidad de acceder al Espíritu del mundo, sino que se da en el hecho de no poder dominarlo, y con ello, la imposibilidad de dominarse a sí mismo. Sus esfuerzos por apropiarse del conocimiento universal, y la constatación de su vacuidad como empresa intelectual, lo llevan a la frustración se saberse restringido a su humanidad. ¿Y cómo no?, si el sujeto moderno es un sujeto esencialmente limitado por su experiencia y, con ello, limítrofe a la vez: al borde la disolución. Sortear tal desvanecimiento y aniquilación sería posible solo convocando a los fragmentos, a los trozos de individuos (indivisos?), a la auto-dominación. Fausto, sabiéndose prisionero de sí mismo, desea apoderarse de la capacidad superhumana de dominar el signo, de utilizar el lenguaje para construir el mundo, de ser el demiurgo de su época, en su doble acepción: como alma del mundo y como mago, que en complicidad con la Naturaleza o siendo parte de ella, comulga con la creación, se une a ella, obteniendo jirones de divinidad. ¿Cómo debemos entender entonces el proyecto iluminista proyectado en Fausto? Si Lacan estaba en lo correcto, no podremos entender a Fausto sino en estrecha relación con Otros, en histórica deuda al estadio especular de los sujetos que lo configuraron, y por lo tanto constituyente de la realidad que los reúne. Como parte de la naturaleza, entonces, Fausto estaría configurado por pulsiones inconscientes, que se traducirán en una pulsión de saber, de conocer y dominar. Así, el proyecto moderno se encarna el Fausto no como pulsión de estar en el mundo, sino que pulsión de hacerse cargo de él, de reconfigurarlo a escala humana. Tal violación iluminista hacia la Naturaleza no posee un solo rostro, pero siempre utiliza la misma careta: el desarrollo. Uno de esos rostros, creemos, es el del lenguaje.
El valor que otorga Fausto a la palabra (logos) y cómo busca transformarla en pura acción, provienen, tal vez, de una tradición enraizada en el cristianismo, presentada ya en la creación del mundo, y en donde el hilo del lenguaje onomatésico (creativo y  vital) zurce al hombre con la Naturaleza, unificando el cosmos, donde el signo es unívoco e inequívoco. Así, “la Palabra divina es un hecho de experiencia, no de reflexión filosófica; se comunica con los profetas y es un mensaje a transmitir. El origen de la Palabra es la acción del Espíritu de Dios. La Palabra de Dios presenta dos aspectos indisociables: por una parte, revela; y por otra, obra […] la Palabra actúa como realidad dinámica, potencia de los efectos vistos, mensajero viviente. Se puede decir entonces que Dios obra al hablar, ya que la Palabra de Dios no es solo un mensaje inteligible dirigido a los hombres sino una realidad dinámica, un poder que opera infaliblemente los efectos pretendidos por Dios”[8]. Postulamos, al fin, en sentido secularizado, que Fausto ve en el logos la única vía de acceso a la Naturaleza, lo cual no es precipitado de afirmar si entendemos al Poeta como el compositor de realidades, creador de acordes nuevos en la Palabra. ¿Es este acceso a la Naturaleza necesariamente violento? Al parecer Fausto no siempre lo pensó así, aunque Goethe comprendía que una relación armónica era imposible en la modernidad y en los sujetos que la constituían.

Por un lado, Fausto encarna al proyecto moderno, pero al mismo tiempo lo desmitifica, cuestionando su puesta en marcha tal y como se le ha presentado. El lenguaje puramente científico pretendido por el iluminismo no había dado respuestas a Fausto, sino que muy por el contrario, le había mostrado, en la práctica del intelecto y la técnica, el germen de su propia destrucción. Ese cuestionamiento es lo que llevará a Fausto a buscar otro modo de dominar el mundo, y con ello, otro lenguaje, como imaginara también Wittgenstein[9], que fuese capaz de constituir o de representar la realidad a la medida humana. Esto explica la importancia del lenguaje en Fausto de Goethe y la pretensión fáustica de asignarle alcances onomatésicos al signo, pues en contraste a la concepción moderna de la Naturaleza, hace de la tríada sujeto-lenguaje-naturaleza la única respuesta que Goethe encuentra para salvaguardar al individuo, aunque en desmedro de una conexión armónica con la creación. Fausto pretende ser un Dios o, al menos, ingresar al mundo desde el lenguaje divino, porque es en esa medida que el hombre se sobrepondrá al desmoronamiento del proyecto moderno. Y de no ser posible, como veremos que ocurre en esta obra, no queda más remedio que la muerte del sujeto individual, y el fortalecimiento del sujeto colectivo.

El primer error de Fausto, entonces, residiría en haber ejecutado el proyecto de dominación mediante la lógica de la modernidad, utilizando su propio lenguaje característico, científico y absoluto, apartado de la magia. Contra esa palabra es contra la que más tarde, en la segunda parte del libro, reniega, y frente a la cual solo puede buscar una alternativa: el lenguaje mágico y natural, el lenguaje onomátésico. Lacan[10], creyó en un lenguaje capaz de configurar el mundo, que es el lenguaje al que quiere acceder Fausto, alejándose cada vez más del lenguaje puramente científico, aceptando la imposibilidad de crear modelos lógicos o ideales para nombrar el mundo y la realidad. Del mismo modo, si para Goethe la reconciliación entre el sujeto y la naturaleza es posible de algún modo, solo lo es mediante la acción de la palabra a través del Poeta, y Fausto solo puede acceder a esa acción a través de la onomatesis. Es decir, mediante el lenguaje primigenio, original y similar al de la divinidad, ajeno a toda pretensión iluminista. Teniendo presente que “en el acto mágico hay unidad entre la palabra y el mundo” y que “el lenguaje de la ilustración pierde esa capacidad y se refiere al mundo desde la dominación”, Fausto entiende que “querer conocer el mundo es un acto de violación”[11], y opta inicialmente por la segunda alternativa: transformarse en el demiurgo moderno. El problema es determinar si logra o no tal cometido.  Fausto reconoce: “No me figuro saber cosa alguna razonable, ni tampoco imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a los hombres”[12]. Pese a este conflicto, Fausto es salvado del castigo eterno gracias a que en él, pese a todo, se logra encarnar y cristalizar el proyecto moderno, en la medida que es capaz de alcanzar la armonía entre las reglas morales propias la sociedad que lo forma y la naturaleza en que se inserta mediante el placer estético. Es decir, el sujeto fáustico constata que los valores estéticos pueden situarse por sobre la potencia natural del Universo, lo cual es el fin último del iluminismo y del que el sujeto moderno no puede huir.

La experiencia de maravillarse con lo bello de la naturaleza, vivenciada por Fausto, no es sino la confirmación de que cada sociedad es la que idea y construye en cada acto su propia naturaleza, dominándola y dominándose (destruyéndose) a sí mismo con ello. No olvidemos que “el iluminismo, en el sentido más amplio de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de quitar el miedo a los hombres y de convertirlos en amos”[13], y que Fausto utiliza como modelo para superar el temor de no permanecer, de ser solo un instante, y trasformase en algo más duradero que la naturaleza:

“FAUSTO
Avanza deslizándose mansa la onda, estéril como es,
para difundir la esterilidad en partes innúmeras […]
 Domina allí, animada por la fuerza, ola sobre ola,
y se retira sin haber efectuado cosa alguna,
lo cual es capaz de angustiarme hasta la desesperación.
¡Fuerza de indómitos elementos que carece de objeto!
Entonces mi espíritu osa excederse a sí mismo;
aquí yo quisiera luchar; esto lo quisiera vencer.
¡Y es posible...! […]  Entonces concebí presto
 en el espíritu plan sobre plan. Proporciónate, me dije,
el goce exquisito de rechazar de la orilla el mar impetuoso,
de reducir los límites de la húmeda extensión
 y hacerla retroceder a lo lejos mar adentro de sí misma.
Paso a paso he sabido apurar la cuestión.
Tal es mi anhelo: aventúrate a secundarlo.”[14]


III

Lo que importa de la configuración del sujeto fáustico, luego de este rodeo, es comprender cómo se organiza internamente esa realidad que ha creado para sí, como la convierte en su ‘verdad’ y, a través de esa verdad, alcanza la felicidad que buscó desde el principio y por la cual apostó su vida a Mefistófeles. En este sentido, la obra de Goethe y la naturaleza que construye su personaje se logra distanciar del concepto de ‘verdad’ medieval, pues “el problema de la «fidelidad a la naturaleza» como un criterio de juicio en nuestro sentido moderno no se plantea en el arte cristiano medieval.”[15], en tanto que para Goethe la posibilidad o imposibilidad de alcanzar tal fidelidad es el cuestionamiento medular dentro de su obra. Fausto lucha por la fidelidad a la naturaleza, pero el proyecto moderno se lo impide, y como individuo lo somete a esa única voluntad desarrollista, dominante y profanadora. Justamente la imposibilidad de la fidelidad a la naturaleza y la supremacía del intelecto es lo que denunciará Goethe y cuyas consecuencias serán presentadas en Fausto. Santo Tomás de Aquino ya reconocía que “la verdad está primariamente en el intelecto, y en segundo lugar en las cosas según se relacionan con el intelecto que es su principio”[16], por lo que el concepto de mismo de verdad (en lo que se dice y hace) se negaba a todo cuestionamiento. Frente a ello, la modernidad entiende que “la verdad no es solo la conciencia racional, sino también su configuración en la realidad”[17].

Fausto es un demiurgo en Mefistófeles y solo en él, pues esta fuerza demoníaca es la que le permite encontrar y dominar al Espíritu del mundo siendo parte de él. Mas, este mismo desdoblamiento de Fausto en otra fuerza, es la que confirma la imposibilidad del sujeto moderno de ser en el mundo. Dominar y estar son posturas contrarias en el iluminismo: la dominación de la Naturaleza le es posible al individuo moderno, la unidad con ella le está reservada al superhombre. Marshall Berman afirma que "el fausto lucha para encontrar la manera de que la abundancia de su vida interior se desborde, se exprese en el mundo exterior a través de la acción"[18]

“MEFISTÓFELES
Se puede adivinar a qué aspirabas? A buen seguro, sería alguna cosa
sumamente atrevida. Tú, que te remontaste tan cerca de la luna,
tu manía, sin duda, te ha atraído allí.

FAUSTO
Nada de eso. Este globo terrestre ofrece todavía campo para grandes
acciones. Han de realizarse cosas dignas de admiración; siéntome
con fuerzas para una osada actividad.

MEFISTÓFELES
Así, ¿quieres adquirir gloria? Bien se echa de ver que
llegas del país de las heroínas,

FAUSTO
Lo que yo ambiciono es el dominio, el señorío.
La acción es todo, la gloria nada es.[19]

En síntesis, entendemos que el conflicto de Fausto se mueve de la siguiente manera. El proyecto iluminista se traduce en una pulsión de dominación de la naturaleza, ocultando a los sujetos modernos que ellos son igualmente parte de esa Naturaleza y por tanto, dominarla, sería dominarse a sí mismos. Esto no representaría conflicto alguno si la idea de dominación de la modernidad no estuviese enmascarada en el desarrollo, que en términos productivos siempre se realiza mediante la profanación del mundo. Es decir, el acto de dominar es un acto de autodestrucción. Así, el hombre moderno capaz de entender esta dicotomía, debe optar o por el sacrificio y la renuncia que resuelve la salvación del sujeto colectivo y su indisolubilidad, o el poder y el conocimiento que permite la salvación del sujeto individual, pero asegura su inminente finitud. Fausto parece no querer optar, sino tomar ambos caminos, lo que lo pone en un escenario de permanente conflicto con su contexto y consigo mismo.

Consciente de que la dominación se logra solo mediante el poder, Fausto se cuestionará cuáles son las formas que le permitirán alcanzarlo. El iluminismo afirma que la ciencia, la técnica y el lenguaje absoluto capaz de abarcar y explicar el mundo son las estratagemas que permiten acceder a ese poder, traducido en fuerza productiva y, por lo tanto, en acción. Sin embargo, Fausto cuestiona la idea de un lenguaje que conlleve acción. Rechaza la idea de la dominación por el logos científico, y busca otro modo de acción. La acción que encarna la modernidad constituye autodestrucción, y Fausto no está dispuesto a tamaña renuncia sin antes lograr el dominio del Espíritu del mundo. Aquí surge el conflicto en la configuración del sujeto fáustico: desear el proyecto moderno pero no aceptar (o no creer) en el precio de su consecución. Su única salida está en otro lenguaje, que no se disocie del mundo, sino que sea parte de él, un lenguaje originario y creativo que permita la unidad de la tríada inicial (sujeto-lenguaje.naturaleza), especular en tanto cada de una de ellas es parte y reflejo de la otra.  

Si Fausto logra configurarse como sujeto, definitivamente no lo hace como demiurgo, pues finamente sucumbe al deseo de poder y de dominación. Las dos almas fáusticas se resuelven – no pudo haber sido de otro modo – a favor del proyecto moderno, y por lo tanto en contra del individuo. El alma del demiurgo se aniquila bajo la acción del desarrollo impulsada por el alma del moderno, pues Fausto domina, mas no es en la Naturaleza ni logra la unidad con ella.







Todo eso que el mundo llama inteligencia
y ciencia no es más que vanidad y orgullo.
Goethe














Bibliografía Consultada                                                                                                                               

Coomaraswamy, Ananda k.: La teoría medieval de la belleza en Figuras de lenguaje o Figuras de pensamiento, Ensayos sobre la visión tradicional o «normal» del arte, Ed. Olañeta. Palma de Mallorca, 2001 reedición. Reseña por René Guénon de Why exibit Works of Art?

Goethe, J. W.: Fausto I (1808) y II (1832). Madrid: Ediciones Cátedra, 1991.

Bermann, Marshall: “El Fausto de Goethe: la tragedia del desarrollo”. En Todo lo sólido se desvanece en el aire. México: Siglo XXI, 1997.

Horkheimer, Max  y Adorno, Theodor W.: Dialéctica de la ilustración: fragmentos filosóficos. (Cap. 1., especialmente “Excurso” sobre Odiseo). Madrid: Edit. Trotta, 2006

Horkheimer, Max: “Ascenso y decadencia del individuo”. En: Crítica a la razón instrumental. Madrid: Trotta, 2002 (1991).

Nitschack, Horts: Actas, en el marco de seminario “Configuración del sujeto masculino: Fausto y Don Juan”. Universidad de Chile, 2009.

Spengler, Oswald: “La física fáustica y la física apolínea”. En: La decadencia de Occidente. Vol., I. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1952.

Watt, Ian: Mitos del individualismo moderno: Fausto, Don Quijote, Don Juan y Robinson Crusoe. New York: Cambridge University Press, 1996.

Wittgenstein, Ludwig: Tractatus Logico-Philosophicus, Traducción e Introducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera. Edición bilingüe alemán-español. Alianza Editorial (AU 50), Madrid 1987.


NOTAS
[1] Horkheimer, Max: . Horkheimer, M.: Ascenso y decadencia del Individuo, en Crítica a la razón instrumental. Ed. Trotta. Madrid, 2002. p. 144.
[2] Cf. Horkheimer & Adorno: Dialéctica del Iluminismo, Ed. Sur. Buenos Aires, 1969.
[3] Fausto I, p. 74.
[4] V. Horkheimer, M.: Ascenso y decadencia del Individuo, en Crítica a la razón instrumental. Ed. Trotta. Madrid, 2002. p.143.
[5] Fausto I, p. 147. La cursiva es nuestra.
[6] Berman, Marshall: Todo lo sólido se desvanece en el aire. p. 30
[7] Ibíd. p. 35.
[8] Van Poucke, Peter. Symphonía, p. 40-41.
[9] Vg. “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo […] Que el mundo es mi mundo, se muestra en que los límites del lenguaje (el lenguaje que yo sólo entiendo) significan los límites de mi mundo.”. Wittgenstein, Ludwig: Tractatus Logico-Philosophicus. §5.6, p.118.
[10] Cf. Lacan, Jacques: Escritos 1. Buenos Aires/México: Siglo XXI Editores, 2008.
[11] Nitschack, Horts: Acta nº 2 del Seminario Configuración del sujeto masculino. 01.09.09.
[12] Fausto I, p.25.
[13] Horkheimer&Adorno; Op. Cit. p. 15
[14] Fausto II, pp – 384 – 384.
[15] Coomaraswamy, Ananda k.: La teoría medieval de la belleza. p. 15
[16] Santo Tomás de Aquino: Summa Teológica. I, 16:1
[17] Horkheimer&Adorno; Op. Cit. p. 10.
[18] Berman, Marshall: Todo lo sólido se desvanece en el aire, p
[19] Fausto II, pp. 383 – 384. La cursiva es nuestra.

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